La Mafia Farmacéutica. Dr. John Virapen

John VirapenEl coraje e integridad de un ex miembro de la Industria de la Muerte “Farmamulticaca”

El Dr. John Virapen ya pasó hace tiempo la edad de jubilación, así como también ha superado dos ataques al corazón, llevando ahora un marcapasos. ¿Qué puede motivar a un hombre como él, además felizmente casado y padre de un niño de cuatro años, a realizar una intensa y difícil labor de concienciación social, acerca de la mundialmente poderosa y criminal Industria Farmacéutica?

Si la razón fuese meramente vender libros, no ha escogido precisamente el tema más cómodo o fácil (o popular) para escribirlos. Podrán ya imaginarse las presiones, insultos, calumnias, difamaciones y amenazas a las que se enfrenta este señor de aspecto afable y porte sereno. Y seguramente es esto último, la realización de la serenidad y la paz a través del servicio a la sociedad -en una dura pero necesaria labor-, lo que da a John Virapen la energía y la determinación necesarias para seguir adelante, contándole al mundo acerca de la podredumbre y criminalidad de una industria como la farmacéutica, de la cual él fue parte activa y responsable. Una industria genocida que tristemente hace realidad el dicho de que “es peor el remedio que la enfermedad”.

Es el de las grandes compañías farmacéuticas un emporio lucrativo global regido por los meros objetivos de la mayor rentabilidad y del máximo beneficio, y que acumula en los tribunales enormes cargos contra la Humanidad, especulando y lucrándose con la enfermedad y el dolor de las personas, enfermando a millones con sus auténticos fármacos (“venenos”) y enviando a la tumba a cientos de miles de personas cada año, en virtud de todo el Sistema de Aniquilación Humana que capitanea la OMS. Sí, la misma OMS que está de actualidad al ser denunciada e investigada por lanzar (junto a la industria y a los gobiernos y mass media títeres) la psicosis colectiva de la falsa pandemia de Gripe A, con la que las grandes compañías farmacéuticas fabricantes de vacunas llenaron sus arcas, a base de vender millones de dosis que nunca pasaron las pruebas de seguridad y eficacia exigidas .

Con estas premisas, cuestiones como la ética médica o el rigor científico, así como el respeto a la Vida y el humanitarismo, quedan -sino en un tercer o cuarto plano-, completamente descartadas. Y los juicios, sentencias, escándalos, negligencias, y sobre todo los millones de víctimas (ya fallecidas o ya quebrantadas en su salud) son una cruda e inapelable prueba de ello. Sin embargo, muchos se niegan a verlo todavía, sobre todo dentro de la profesión médica. Demasiado desagradable, demasiado incómodo, demasiado oscuro… la mayoría sólo desea cobrar su sueldo todos los meses y que los dejen en paz. Hasta que quizá una víctima en el seno de su propia familia les fuerce a abrir los ojos -de una vez- a la realidad.

Ahora el Dr. Virapen ha hecho un poco (o un mucho) más difícil que la profesión médica -y los estados y las sociedades enteras- miren hacia otro lado. Porque nos está hablando fuerte y claro a todos, a la cara, tomando su propia responsabilidad por los actos en los que él mismo se vio involucrado o cometió, pagando en servicio para limpiar sus manos y su conciencia, para que cuando su hijo le mire a los ojos, pueda sostener la mirada sin sentir vergüenza y horror, al recordar los miles y miles de niños a los que él contribuyó -con sus actos y su trabajo en su antigua empresa- a enfermar y matar.

Sin embargo y como decimos, tras lo que fue una catarsis durísima -que casi lo mata- este hombre se ha elevado sobre su miseria y ha comenzado a reconstruir su integridad en el servicio, a la Humanidad y a los niños del futuro, a los cuales -en sus propias palabras- “ahora he dedicado mi vida, o lo que quede de ella”. Tomemos todos nota de su ejemplo, y asumamos también la plena responsabilidad por nuestros actos, allí donde desempeñemos nuestra profesión; y sirva este testimonio especialmente para quienes juraron servir lo mejor posible a sus semejantes en el oficio médico; a todos aquellos que juraron solemnemente -sobre el texto de Hipócrates- “PRIMUM NON NOCERE” (SOBRE TODO, NO HARÉ DAÑO).

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