Inmutabilidad.

Tempo_interrotto_by_hiram67 Dice Nisargadatta Maharaj que las palabras son valiosas porque, entre la palabra y su significado, hay una conexión. Y si uno investiga una palabra, medita sobre ella, la pondera cuidadosamente, le da vueltas, la mira desde todos los ángulos, soporta todas las demoras y contrariedades, llega un momento en que la mente se da la vuelta, se aleja de la palabra y, se dirige al significado que es anterior y está más allá, de ella.

Es ese esfuerzo de cruzar, de lo verbal, a lo no-verbal, lo que llamamos meditación. Meditación es el intento persistente de remontarnos a la fuente de donde surgen las palabras, a ese territorio desconocido e invisible que es la matriz de lo conocido y lo visible. Al principio, añade Nisargadatta, la tarea parece desesperada, pero llega un momento en el que, de pronto, todo se vuelve claro, simple y maravillosamente fácil.

En este capítulo vamos a experimentar con este criterio para tratar de llegar tan lejos como podamos en la comprensión de una palabra que, seguramente, nunca nos hemos parado a considerar en detalle.

Esta palabra es: “Inmutable”. Pero, antes de comenzar, vamos a examinar primero la palabra “mutable”, la cual es antónimo y a la vez raíz, de la palabra “inmutable”.

“Mutable” quiere decir alteración biológica de carácter hereditario en el fenotipo de un ser vivo y, por lo tanto, está relacionada con otras palabras como “variable”, “inconstante”, “mudable”, “cambiante”, etc.

“In-mutable”, por otra parte, es justo lo contrario: aquello que permanece estable, en perfecto equilibrio, eso que no nace, ni envejece ni muere. Que no es afectado por ningún tipo de condición, favorable o desfavorable. Que no se mueve, que no cambia, que no se altera y que, sin embargo, es.

La definición está bastante clara. Lo que no queda claro es qué conocemos nosotros que se ajuste a ella.

Nuestro universo está caracterizado por objetos y seres cambiantes que se ubican en el espacio/tiempo. Y, todo lo que aparece en el espacio/tiempo, está en proceso de transformación, en su escala correspondiente. De modo que, en nuestro mundo, no existe nada que podamos llamar “inmutable”. O, así pareciera a primera vista. Pero, pensemos por un momento – ¿Acaso no es el mismo cambio, inmutable?

El cambio es la única constante, dijo el Buda. Y estaba en lo cierto. Aunque parezca paradójico, lo único que no cambia es el mismo cambio. No deja de moverse nunca y, por lo tanto, es estable en su movimiento. Está perpetuamente generando formas y seres en el espacio/tiempo, reabsorbiéndolos y, generando otros nuevos en un proceso que no tiene, ni principio, ni fin.

Pero, a pesar de generar incontables formas, el cambio mismo no tiene forma. Causa movimiento pero, no se mueve. Se ven sus efectos, pero el cambio mismo, la fuerza misteriosa que lo propicia, su esencia íntima, no es visible, no está en nuestro mundo. Es como el ojo del huracán: Permanece estable mientras que todo lo demás gira vertiginosamente a su alrededor.

Lo inmutable es intangible, invisible, indescriptible. Nos podemos acercar a ello por medio de la deducción y la inferencia, más no podemos saber lo que es, a menos que salgamos del territorio de lo mutable y nos convirtamos en la Inmutabilidad misma. Mientras creamos ser una persona de carne y hueso, viviendo y sufriendo en un mundo cambiante, esa será nuestra realidad. Seguiremos girando en el mismo círculo. Sólo un salto cuántico nos puede sacar de esa órbita.

Cuando ese salto cuántico llega a producirse (y solo una intensidad máxima sostenida puede precipitarlo), dejamos de existir tal como nos conocemos. Dejamos de identificarnos con un mundo de separación, formas y nombres y, nos reabsorbemos en el dominio invisible de la Inmutabilidad o, Espíritu, donde no hay individualidades ni movimiento de ninguna clase. Desde esa perspectiva de auto-existencia, auto-suficiencia, Amor y Bienaventuranza, el mundo es solo un espectáculo centelleante y vacío. Un espejismo.
Ahora bien, este salto cuántico, que representa el despertar del Espíritu, su des-materialización, tiene un precio ineludible: Hay que estar dispuesto a morir. No morir físicamente o, suicidarse, sino lo que es más difícil, morir al mundo, abandonar los apegos que nos mantienen atados, soltar lastre para emprender el vuelo. Y recordemos que el apego más grande de todos es el apego a nuestro propio cuerpo. Nacer al Espíritu, por otra parte, es re-descubrir ese silencio que canta, ese vacío que rebosa Dicha y Bienaventuranza que es anterior y está más allá del cuerpo. En otras palabras, volver a la Unidad, al Ámbito Sagrado de la Existencia.

Para descubrirlo, hay que traspasar la frontera que separa lo verbal de lo no-verbal. Y eso, a su vez, requiere de un anhelo irresistible, una intensidad máxima sostenida, una sed abrasadora, que precipite el ya mencionado salto cuántico. Un salto cuántico ocurre cuando un electrón salta inexplicablemente de su órbita y se instala en otra que no tiene punto de contacto con la primera.

Y así como la polilla vuela alrededor de la llama hasta quemarse en ella, el amante de la Verdad quema sus apegos en el fuego divino del amor a lo Supremo y, se hace uno con ello. Y cuando esa fusión intemporal ocurre, la “persona” que quería conocer el significado de la palabra “inmutable”, desaparece y, se funde en la Inmutabilidad misma, que no es otra cosa que la fuerza invisible y todopoderosa que llamamos Dios, Alá, Buda, Parabrahmán, etc.

Esto no quiere decir que el cuerpo físico vaya a desmaterializarse por arte de magia delante de nuestros propios ojos. Lo que se deshace es la identificación del Espíritu con el cuerpo. El cuerpo permanece temporalmente, hasta que se cumpla su destino, pero la convicción de ser un cuerpo desaparece y, el Espíritu toma conciencia de sí mismo como Totalidad Ilimitada.

Otra forma de abordar la palabra “inmutable” es visualizando la imagen de una balanza sencilla. Pensemos en una varilla de metal de, digamos 30 cms, que descansa sobre un pivote central. En cada lado de la varilla tenemos un peso que, según su ubicación, hace que la varilla se incline en una dirección o en la otra. Mientras los pesos no sean equilibrados, habrá movimiento. En cambio, cuando se coloquen ambos en el centro, si son iguales, estabilizarán la varilla y esta dejará de moverse.

La energía, en movimiento, es el mundo, mientras que esa misma energía, en reposo, es lo que llamamos Dios. Los que parecen nacer, cambiar y morir son los objetos, pero la energía permanece constante. Es como un río poderoso, dice Maharaj, fluye y sin embargo está ahí eternamente. Lo que fluye no es el río con su lecho y riberas, sino sus aguas. Esto quiere decir que el mundo que percibimos, incluyendo la persona que creemos ser, no tiene permanencia y, puede ser considerada como una ilusión. El aspecto cambiante de Aquello que no cambia jamás. La sombra inseparable del Espíritu.

Inmutabilidad, entonces, es equilibrio perfecto, uno de los atributos de Dios. Y donde hay equilibrio no hay movimiento de ninguna clase, no hay perturbación, no hay pensamiento y, por lo tanto, no hay mundo, porque “mundo” y “perturbación” ¡son lo mismo!

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